¿Hay feminismos de primera y de segunda? ¿Y si los unimos?

Hace unos días se celebró en el Teatro Español una mesa de debate sobre “La invisibilidad de las mujeres”.

Este evento evidenció la brecha que existe entre lo que yo llamo el feminismo tradicional por un lado y el feminismo 3.0 por el otro.

Estos dos tipos de feminismo no se corresponden con ninguna corriente específica. De hecho, agrupan a activistas que pueden sostener discursos antagónicos sobre temas fundamentales.

Lo que diferencia a ambos sectores es, principalmente, el uso que hacen de internet y las redes sociales.

La brecha parece generacional. La moderadora, Rosa María Mateo, llegó a explicitarlo tras un diálogo entre la veterana periodista María Guerra y las jóvenes artistas de Dones i Cultura. “Es como una discusión entre madre e hija”, dijo.

Y mucho de eso hay… pero no es lo único.

Porque otra diferencia fundamental se encuentra en el protagonismo que, gracias a internet, han cobrado voces nunca escuchadas directamente hasta ahora. Voces que tienen un espacio marginal o estereotipado en la academia y medios de información. Voces que han hecho de las redes su lugar de reinvindicación directa.

El feminismo tradicional abre camino gracias a mujeres valientes que luchan por normalizar la presencia de sus iguales en espacios de poder. Según van avanzando en la senda hacia la paridad se reafirman en sus postulados.

El problema es que ese “iguales” no recoge la diversidad… y cuando esta falta de representación se señala, la respuesta suele estar condicionada por mecanismos inconscientes de defensa muy similares a los del machismo.

Esto quedó patente en la mesa de debate gracias a nuestra compañera Antoinette, directora de la revista Afroféminas.

Antoinette interrumpió a la académica Asunción Bernárdez cuando esta declaraba que “las mujeres ya lo hemos hecho todo” en lo que respecta  al feminismo. Antoinette se desmarcó de esa primera persona del plural que describió blanca y burguesa y que, según ella, no incluye a las mujeres racializadas. Su intervención provocó una incomodidad ostensible entre las feministas tradicionales que marcó el tono del resto del evento (ver 55:36).

Conozco esa incomodidad. En mi trabajo con directivos encuentro la misma renuencia a escuchar las experiencias de discriminación de la diversidad. La misma tendencia a minusvalorar sus aportaciones con condescendencia.

Sé que rebajar el nivel de incomodidad es clave para mejorar la capacidad de liderazgo de mis clientes… y con ello la rentabilidad de sus organizaciones a través de una mejor gestión de la diversidad.

Al salir del teatro Antoinette y yo analizamos lo que había pasado y decidimos hacer algo constructivo al respecto.

Se trata, pensamos, de trasladar al activismo el mismo trabajo de empoderamiento que realizo en las corporaciones. Facilitar a sus líderes (actuales y potenciales) herramientas para aprovechar las experiencias de la diversidad en su labor.

Dicho y hecho. Esa misma noche bocetamos un curso que hoy, unos días después, ofrecemos al público.

Te invitamos a conocerlo.
Te sugerimos que te inscribas.
Te pedimos que lo difundas.

Todas y todos podemos hacerlo mejor. La transformación digital y la diversidad han venido para quedarse. Están llenas de oportunidades. Aprovechémoslas para crecer.

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